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¿Dónde estás corazón?

 

“Mi arte es precisamente un esfuerzo que tiende a expresar, en gestos y movimientos, la verdad de mi Ser”.

Isadora Duncan

En un post anterior hemos hablado de las Memorias que pudiéramos compartir con otros/as, a sabiendas o sin saberlo. Ahora vamos a reflexionar sobre nuestra propia memoria.

 

Conectar con nuestra memoria, de alguna manera, es hablar de emociones y de sentimientos. Son los sucesos cargados de emoción los que vienen a nuestra memoria, y tienen capacidad para volver a reproducir aquello que sentimos hace tiempo. Si yo siento auténticamente haré sentir al que me contemple; así, por empatía con el/la intérprete, es como también el/la espectador/a siente.

 

En lo que a la danza respecta, prepararnos para ella significa conectar con ese “espacio” en el que más “nosotros/as mismos/as” somos. Algunos le llaman corazón, otros espíritu o alma. Sea como le llamemos, hemos de buscarlo si queremos que queremos disfrutar moviendo nuestro cuerpo, danzándolo y conmoviendo a los demás con ello.

 

El arte nace del sentimiento que siente el/la artista, e inunda al/la espectador/a llevándole de vuelta a parajes de su propia vida en los que conecta con un sentimiento semejante. Si el/la artista influye en el público, el público con su emoción influye fuertemente en la respuesta inmediata del/la creador. Así, ambas partes cocrean, haciendo de cada función una obra única e irrepetible.

 

Una vez hemos elegido el tema de la Memoria, tenemos que emprender juntos/as un viaje de dentro hacia fuera, en solitario y en grupo, dependiendo del momento, para rescatar aquello que queremos compartir con los demás; solo cuando hagamos como hiciera Pulgarcito, recoger los pedacitos de pan en el camino de nuestra memoria afectiva, encontraremos el trayecto de vuelta a nuestro misterioso hogar, el corazón, donde somos y no solo estamos.

Una vez que nos encontramos con “el o la sintiente” que nos habita estaremos preparados/as para reunirnos con los demás y entregarnos comprometidos/as con el presente.

 

Juntos/as tejeremos colectivamente un lienzo, una pieza única, un puzzle de memorias en el espacio escénico diseñado para dar cobijo a lo que sentimos, y construido entre todas y todos a lo largo de estos meses de cocreación, sujeto a transformaciones y cambios.

 

 

Nos puede parecer que aquello que nosotros/as aportamos no merece la pena o no va en la línea de los demás, pero hemos de quitarnos esa idea de la mente, porque si es auténtico tendrá un efecto catártico, producirá sinergias.

De nuestra imaginación, diálogo y consenso surgirán personajes que se moverán en su espacio, vivirán en un tiempo determinado y realizarán acciones habituales en su vida cotidiana. Estos personajes también se encontrarán atrapados en nudos dramáticos que tendrán que resolver determinando un desenlace.

Todo esto formará parte de lo que contemos, y será algo que pretenderá suscitar un interés en aquella persona que nos observe, y en el mejor de los casos conmoverle. Nosotros/as, como intérpretes, estaremos en el escenario para sentir y gozar, y para hacer sentir y gozar a los/as que nos estén mirando. Así que no se trata solo de emocionarnos, sino de emocionar a otras personas... ¿Cómo lo haremos? Entregándonos.

"El bailarín del futuro será aquel  cuyo cuerpo y alma hayan crecido tan armoniosamente juntos, que el lenguaje natural de esa alma se habrá convertido en el movimiento del cuerpo humano. El bailarín no pertenecerá a cualquier nación, sino a toda la humanidad".

Isadora Duncan

No poseemos memorias RAM, ROM o SRAM; estas son propias de los objetos y están sujetas a la obsolescencia.

Las personas somos el verbo hecho carne, la palabra encarnada; ser espectadores/as de nuestros propios cuerpos, interrogarlos, preguntarles por la definición de cualquier concepto y dejar que hablen nos descubrirá muchas sorpresas.

Sangre, músculos, tendones, huesos, aparatos, tejidos, moléculas, células, átomos, partículas cuánticas y hasta los inmensos vacíos están plagados de información que nuestra mente ignora. Revivimos recuerdos, actuamos empujados/as por esos recuerdos de vidas no vividas por quien ahora decimos ser. Todos esos recuerdos movilizan nuestras emociones sin que seamos capaces de explicarnos a qué hecho, suceso o relación se debe aquello que nos conmociona. Y es más, nos dicen que aquí y ahora tenemos capacidad para elaborar, reelaborar o desechar esos recuerdos, significándolos con nuevos sentidos desde el momento presente en el que estamos creando el futuro.

Y para ello es necesario hacer como hace cualquier niña o niño cuando juega: entregarse, comprometerse con el momento presente, actuar gratuitamente. Y es que solo así, desde lo espontáneo, podemos habitar nuestro cuerpo y expandirlo sin límites en cada movimiento.

 

Confía en tu corazón y en tu cuerpo

 

En 1910 Carl Jung utiliza el término “inconsciente colectivo” para definir un concepto amplio de rasgos heredados, intuiciones y “sabiduría” colectiva del pasado. Para Treffert, lo que Penfield (1978) llama “memoria racial”, presente y evidente en los animales, es el equivalente a la memoria genética de los humanos.

 

Gazzaniga (1998) dice: “La corteza cerebral humana está llena de sistemas especializados, listos, dispuestos y capaces de ser utilizados para tareas específicas… El cerebro está construido bajo un fuerte control genético. Tan pronto como se construye el cerebro, comienza a expresar lo que sabe, lo que viene de fábrica. Los bebés son sabios. Es muy gozoso tener la suerte de poder observar diariamente como se va desplegando y mostrando la riqueza de su libre movimiento. Pero no siempre los demás son capaces de entender la sabiduría encerrada en los movimientos de un bebé. Nace la danza, espontáneamente, ante sus mismos ojos, contemplando sus manos y sus pies,  girando muñecas, flexionando y estirando sus pequeñas piernas. Todas y todos somos danzarinas y danzarines. Solo tenemos que dejarnos llevar por la emoción y el sentimiento y gozar de nuestro cuerpo, olvidándonos de si somos o no observados. Sin miedo al ridículo. Sin miedo al qué dirán. Sin frenarnos ni bloquearnos. Sin tener miedo del miedo”.

 

En este sentido, durante las sesiones del taller de danza, los miembros de Colectivo Lisarco, Aiala, Marta, Javier y Marcos, trabajan por aportar elementos técnicos básicos para desarrollar las capacidades expresivas del cuerpo, sus destrezas, sin olvidar que todas y cada una de las personas participantes tiene una capacidad propia y única.

 

 

Konstantin Stanislavski llamó “memoria afectiva” a una técnica de interpretación consistente en recordar eventos para evocar emociones determinadas. No podemos hacer arte sin conectar con nuestro ser más auténtico, y lo que nos hace ser como somos no es lo que nos pasa sino lo que hacemos con lo que sentimos cuando nos pasa. Lo que sentimos es lo que determina lo que elegimos, decidimos y hacemos. La llamada memoria afectiva es el sentimiento con una carga emocional especial que reaparece cada vez que se recuerda una experiencia previa significativa. Así, para hacer arte es necesario tomar contacto con nuestra emoción y nuestros sentimientos.

 

Memoria emocional

 

Amígdala, hipocampo y corteza prefrontal se ocupan con intensidad de la memoria emocional. Aprendemos lo que ciertos estímulos nos han producido y tememos que nuevos estímulos parecidos nos lleven a un sitio donde sentimos miedo, tristeza, angustia o depresión.

Las hormonas del estrés, como el cortisol, también interactúan con la amígdala con efectos inhibidores o facilitadores. La ansiedad no permite que se consoliden determinados recuerdos.

 

Son las regiones frontotemporales del cerebro en conjunto las que facilitan la retención, el almacenamiento y la recuperación de recuerdos emocionalmente cargados, y se necesitan nuevas sensaciones de activación emocional para promover esos recuerdos a largo plazo que no fuimos capaces de desvelar.

 

La respuesta emocional es muy corporal. El cerebro del cráneo y el cerebro del intestino son los responsables de nuestro modo de reaccionar. Pero también la mente influye y anima o desanima a nuestro cuerpo con sus creencias, principios, ideas,  valores, preceptos, etc.

 

Si hacemos memoria no siempre nos llega lo que ocurrió tal y como sucedió. Recordamos aquello y no lo otro porque eso tiene para nosotros/as todavía una relevancia emocional muy fuerte.

Nuestra autobiografía esta bordada con recuerdos asociados a intensas emociones, positivas o negativas, pero el hecho de recordar nos pone en ese estado fisiológico en el que nos encontrábamos cuando ocurrieron los hechos en sí mismos.

 

Los recuerdos surgen paulatinamente. Son las emociones que acompañan el recuerdo las que representan el valor sentimental de ese hecho, las que nos ayudan a codificar la información hasta conseguir recuperarla.

 

Recuperamos mejor nuestros recuerdos al sentir la intensidad de las emociones.

Cuando la vida cotidiana es pacata, rutinaria, mediocre, nos quedamos enganchados al pasado porque el presente no nos hace vibrar, y a momentos intensos que nos hagan sentir aunque sea en negativo.

Por eso a muchas personas les cuesta vivir el aquí y ahora y se quedan bloqueadas, ancladas en sus fracasos pasados, retroalimentando su tristeza y su dolor. Buscando la intensidad emocional.

 

La emoción es una respuesta básica que produce reacciones bioquímicas, que altera el estado físico. Los sentimientos son asociaciones mentales que nosotros/as mismos/as hacemos y reacciones ante la emoción que sentimos de acuerdo a nuestras previas experiencias pasadas. El sentimiento es una experiencia mental, a medida que el cerebro va interpretando las emociones, la mente establece los sentimientos. Por ejemplo, si algo me asusta, reacciono, pego un salto, doy un grito, siento miedo y me siento horrorizado/a. Pero entre la emoción del “estoy asustado/a”, hasta el “me siento horrorizado/a”, hay un cúmulo de pensamientos en marcha y de toma de conciencia de mí mismo/a que va más allá de la primera sensación de susto.

 

La emoción altera el cuerpo. El sentimiento altera el estado mental y es generado en el subconsciente, así que el sentimiento queda en la memoria emocional de forma duradera y recurrente. Así, mientras una emoción se pasa rápido, un sentimiento persiste durante largo tiempo y vuelve a nosotros/as una y otra vez a través de un recuerdo que cuesta quitarse de la cabeza.

La memoria viaja al pasado y al presente, a saltos o linealmente, y si tiramos del hilo, probablemente nos quedemos perplejos/as ante lo que esconde ese ovillo nuestro y el enredo que hemos formado de repente.

 

Para crear colectivamente la obra escénica que estamos trabajando en el marco del proyecto “Nuevos creadores”, tendremos que tejer y desenmarañar nuestra vida, o elegir un trocito de la misma para luego unirla a las vivencias que los/as demás aporten. Así se producirán sinergias, nos interrelacionaremos desde nuestras propias emociones, conmoviendo y conmoviéndonos con la emoción ajena.

En esa interacción de unas y unos con los demás se crearán diálogos corporales y juntos/as transformaremos emociones propias y ajenas; es emocionante comprobar cómo, en un trabajo de danza colectiva se producen encuentros tan fecundos entre los/as intérpretes.

 

La danza es un arte vital y efímero. Unos pasos, gestos, movimientos rítmicos. Un retazo de la vida de la persona que la cuenta, la vida de la persona que se cuenta; esa vida tan de todos/as y solo nuestra, “mi vida”, “tu vida”, “nuestra” vida. La vida que compartimos pero renombramos, re-signamos y re-presentamos, significándola a través de nuestros signos, símbolos y señales, para intentar distinguirla de las otras e ir conformando nuestras propias señas identitarias desde lo más profundo de nuestro corazón.

 

En ese proceso de creación colectiva, entre todas y todos tenemos que ser capaces de crear un clima cálido: el calor de la amistad, la cooperación y el compañerismo animan y facilitan la creación.

Besos, abrazos y caricias permiten expresar lo inefable, pero además mejoran los niveles de oxitocina, la molécula del amor, y nos permiten entablar relaciones de confianza y generar patrones de conducta fraternal, maternal y paternal.

Para compartir nuestros recuerdos, para abrir a otros/as nuestra intimidad y desgranar junto a ellos/as nuestros recuerdos, utilizando diversos lenguajes, incluida la comunicación oral, la oral-gestual o simplemente la no verbal, en definitiva, para expresar abiertamente nuestros sentimientos, necesitamos un clima de seguridad y confianza.

 

Besos, abrazos y caricias reducen nuestro nivel de estrés y ansiedad, y liberan dopamina en el sistema nervioso, generando así motivación, buen humor, y mejora de la atención y del aprendizaje.

 

Los gestos afectivos nos hacen sentir mejor, fortalecen nuestra autoestima, incluso determinadas evidencias científicas concluyen que no podemos vivir sin ser abrazados/as.

Besos, abrazos y caricias aumentan nuestra paciencia y nos relajan, ayudándonos a afrontar de forma más efectiva los momentos complicados, las tensiones o los dolores, son un calmante natural.

 

Si ese afecto existe en la mirada de la persona que observa mientras el intérprete narra y reconstruye su historia hilvanando recuerdos, se crea un espacio de confianza y bienestar en el que un lazo imaginario une ambas miradas, y posibilita la expresión artística más sincera.

Así que, si os parece, en Trabenco vamos a mirarnos profundamente a los ojos, conscientes de que ahora estamos danzando juntos/as y... ¡música, maestra!

 

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